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miércoles, 28 de agosto de 2013

Seve

El sábado, después de la terapia familiar, pasé toda la tarde con mi papá.
Me aterra y sobrecoge que ya comienza a decir frases del tipo "Disfrútame porque me voy a ir". Y la verdad, de un tiempo para acá, es notorio su envejecimiento. Desde que lo operaron está muy delgado, ligeramente encorvado y no sé, ese toro del que me colgaba y con quien jugaba luchitas bruscamente es ahora un ser frágil a quien hay que tratar con delicadeza.
Y sí, ya sé que es el ciclo de la vida, que todos nos vamos a morir, que yo también me voy a hacer chiquita y viejita, pero no mames, es mi papá, la persona a quien más quiero en la vida.
Dejando de lado el miedo patológico que me causa pensar en su muerte, algo que me dijo mientras comíamos se me quedó muy grabado. Me pidió, como siempre, que soltara la mano, que ejercitara la pluma, que escribiera algo, lo que fuera, pero que no dejara morir ese talento que, según él, tengo. Después dijo "A mi me han recomendado que escriba todas las cosas que vivimos en el activismo, pero la verdad, con el paso de los años uno olvida muchas cosas. Queda un registro general de lo que pasó, pero ya casi no recuerdo detalles, se me borraron los nombres y las caras."
Chale, ¿por qué todo me duele?

domingo, 9 de noviembre de 2008

Recuerdos de la infancia pt. 2

Hoy quiero compartirles (jajaja eso sonó como a Chepina o algo así) un recuerdo de la infancia menos alegre que el de la vez pasada.
En cuarto de primaria, tenía una amiga llamada Ximena. Ximena no se caracterizaba por su simpatía ni por su belleza, era una niña normal. Un día, para la clase de español, teníamos que hacer la descripción de alguno de nuestros compañeritos. Yo la elegí a ella, pero contrario a lo que pueden pensar, no la elegí por ser mi mejor amiga ni mucho menos, la elegí para burlarme públicamente de sus defectos. Y recuerdo muy bien que como yo le caía harto bien a la maestra y a los compañeritos, todos me animaron para que leyera en voz alta mi descripción. A la fecha no puedo entender porqué no dije a la mera hora "no, esperen, tengo que cambiarle algunas cosas" o "mejor alguien más y ahorita yo", etc. No. Dije "bueno" y hasta me paré. Comencé "Ximena es una niña flaquita que tiene los ojos de sapo, es morena como sin chiste y tiene el cabello corto y negro..." La risa de todos no se hizo esperar y decidí voltear a donde estaba Ximena. Creo que esa fue la primera vez que alguien me miró con odio (y que yo lo noté). Ella se reía con todos pero sus ojos eran, literalmente, como dos pistolas. Terminé mi descripción diciendo algo así como "Pero aún así, con todos estos defectos, es mi mejor amiga y la quiero mucho" y no puedo entender por qué, pero todos me ovacionaron. La gente se divirtió con la crueldad alevosa que yo utilicé! Ni siquiera la maestra me miró reprobatoriamente, al contrario, me miraba muy divertida. Después le tocó el turno a Ximena, que en cinco minutos reescribió su descripción, para que se adecuara a las circunstancias. "Liliana es una niña enorme que pesa como 58 kilos y nunca se peina..." nuevamente, las risas de todos. Yo no sabía como reaccionar, pero en unos segundos decidí que lo mejor sería reirme al igual que ella. Amigos y enemigos disfrutaban con esta nueva lectura llena de crueldad (créanme, yo estaba completamente consciente de que pesaba como 15 kilos más que las niñas normales, y que también medía como 15 cm más, no necesitaba que nadie lo expusiera; al igual que ella no necesitaba que nadie señalara sus ojos saltones cuando todo mundo sabía que estaban ahí), la maestra continuaba divertida, Ximena fue igualmente ovacionada. Creo que si nos hubiéramos peleado a golpes, nadie nos detendría, más bien se pondrían a gritar "sangre! sangre!". En ese pequeño salón de 4to A, de la primaria Josué Mirlo, me di cuenta un poco de cómo era el mundo (y la gente). De cómo era yo y porqué si Ximena no me había hecho nada, yo decidí humillarla públicamente. Es cierto que los niños pueden ser muy crueles, pero chale! pobre de ella, definitivamente no se merecía semejante gandallez de mi parte. Espero que actualmente, no recuerde este incidente.
Ven? les dije que no sería tan alegre como el anterior...

viernes, 8 de agosto de 2008

Jocosos recuerdos de la infancia pt. 1

Hace poco, un amigo que gusta de experimentar con sustancias para expandir su conciencia (ajá, le gusta drogarse) me dijo "nooo mano, es que cuando eres niño estás permanentemente pacheco". La verdad esto me dio mucha risa ya que él estaba ídem. Sin embargo, su elocuente declaración me dejó pensando y puede que tenga algo de cierto.
Cuando eres niño todos los colores son más brillantes, las dimensiones de las cosas están alteradas. Puede que veas la puerta enooorme (para tus tías las gordas) y subirte a una silla te cueste mucho trabajo. Los chistes "fosis" son los mejores que has escuchado en la vida y no puedes dejar de reirte, hasta te orinas. Dices lo que se te viene a la mente sin importarte si es políticamente correcto. También dibujas o escribes cuentos con historias increíbles y personajes completamente inventados. Puede que tengas los sentidos más desarrollados o no sé qué, pero hasta hoy recuerdas el olor de la casa de tu abuelita, cuando ibas a comer los domingos. Tampoco se te olvida el sabor de la tierra ni todas las cochinadas que agarrabas y te metías a la boca sin mayor problema. Ahora no puedes comer ni un pambazo en la calle porque ya te da gastroenteritis.
Y sí es cierto, los pachecos, que generalmente dicen cosas sin sentido o ridículas, parecen aprender todo de nuevo. "TSSSS NO MAAAAA ¿¿¿a poco esa canción tiene esos ruiditos??? ¿¿¿a poco esa escena es de esa película??? ¿a poco no se parece a la de ____________(nombre de una película al azar, aquí)?", las cosas saben endemoniadamente ricas (recuerdo a un amigo comiendo helado de chocolate, alegando que así sabría Dios si lo hicieran helado) y el tiempo transcurre lento, lento o tan rápido como un parpadeo.
Pero bueno, tú ¿de qué te acuerdas de tu niñez? Muchos suelen decir "ah si, fui muy feliz", otros "ay no, yo no tuve infancia" pero lo más seguro es que todos recuerden con exactitud el día en el que la maestra los regañó enfrente del salón, el día que les pusieron un apodo que odiaron por el resto de sus días, la niña o niño que les gustaba y cómo era, en fin.
Por mi parte, tengo muchísimos recuerdos pero el que hoy quiero plasmar tiene que ver con la playa. No me acuerdo cuántos años tenía, ni si ya había engordado o no, pero sí recuerdo que el día que nos íbamos a Puerto Escondido, me tardé mucho en despertarme y mi mamá no me ayudó a vestirme, así que tuve que ponerme lo primero que encontré en los cajones y bajar corriendo a desayunar. Un overol de los cazafantasmas (probablemente de mis hermanas porque a mí esa película ni me tocó) y una playera de manga larga y cuello de tortuga, sin camiseta interior, porque se me iba a hacer más tarde.
Mis papás en los asientos de adelante y mis dos hermanas y yo atrás, partimos hacia Oaxaca en el viaje más largo y molesto de mi vida. Doce horas en carretera con un pinche sol insoportable y a la taruga niña se le ocurrió ponerse una playera de ¡cuello de tortuga! No pasaron ni tres horas cuando ya me estaba quejando amargamente de mi situación. Recuerdo que mis hermanas ni me pelaban y jugaban ahorcados o timbiriche en un cuaderno y mis papás iban adelante platicando. No me hicieron mucho caso hasta que llegamos a una gasolinería y me vieron como una plasta sudada y deforme. Para acabarla de amolar se me había pegado el overol a la piel y no me quería mover. Así que no bajé a estirarme ni al baño como lo hicieron mis hermanas. Mi papá me propuso varias soluciones, como que me pusiera mi traje de baño "de una vez" o la más sensata, que me quitara esa maldita playera. Pero ¡no! ¿cómo me iban a ver todos mitad encuerada? Mi pudor me lo impidió y decidí aguantarme las seis horas que faltaban.
La verdad es que ya no me acuerdo si al final mandé a la goma el pudor (háganme el favor, si tenía como 6 ó 7 años) y me quité la cochina playera o si de plano me puse el traje de baño, pero lo que sí recuerdo es Puerto Escondido. Una playa hermosa, que para esa tierna edad debió parecerme impresionante, con poca gente, agua muy clarita y tranquila (siempre me han dado miedo las olas grandes) y lo mejor de todo, ¡con un río! un río a sólo unos pasos del mar. Recuerdo que todos querían nadar en el mar, pero a mi me molestaba la sal en los ojos, así que le pedí a mi mamá que me acompañara al río. Y fuimos, y "nadé" (porque se me hace que ni sabía y traía unos flotadores). Abajo del agua había muchas piedritas y ramas que hacían cosquillas y además me dejaban la piel babosa, cosa que en ese momento no me molestó en lo más mínimo. El agua no estaba nada clarita, pero no se veía puerca o atemorizante. Tenía los juncos que todo río decente debe tener y muchos insectos. Esto lo recuerdo tan claro como si estuviera viendo una foto de ecosistemas del libro de ciencias naturales de la primaria. En fin, cuando mi mamá se hartó de estar ahí, regresamos al mar, y seguramente me la pasé corriendo como loquita, quemándome (en esos tiempos la preocupación por el cáncer de piel, el bronceado ideal e incluso el ardor en la espalda que después me daría me valían madre) y jugando con las olas.
No sé cuánto tiempo estuvimos en Puerto Escondido ni si es como yo lo describo. No me acuerdo de ningún otro día de esas vacaciones ni de lo que hicieron mis hermanas o mis papás. Lo único que me viene a la mente cuando pienso en ese recuerdo es a mi, nadando en el río, cruzando un camino de arena para después llegar al mar. Seguramente hay fotos y bueno, bastaría con que le pregunte a mi papá qué más hicimos, pero no me gustaría romper el encanto. Es de las pocas vacaciones de las que tengo memorias propias, sin verse alteradas o incluso creadas después de mirar las fotografías.
Ansío volver un día de estos, para ver si el río sigue tan cerca del mar y poder nadar en los dos, ahora que ya puedo.