El sábado, después de la terapia familiar, pasé toda la tarde con mi papá.
Me aterra y sobrecoge que ya comienza a decir frases del tipo "Disfrútame porque me voy a ir". Y la verdad, de un tiempo para acá, es notorio su envejecimiento. Desde que lo operaron está muy delgado, ligeramente encorvado y no sé, ese toro del que me colgaba y con quien jugaba luchitas bruscamente es ahora un ser frágil a quien hay que tratar con delicadeza.
Y sí, ya sé que es el ciclo de la vida, que todos nos vamos a morir, que yo también me voy a hacer chiquita y viejita, pero no mames, es mi papá, la persona a quien más quiero en la vida.
Dejando de lado el miedo patológico que me causa pensar en su muerte, algo que me dijo mientras comíamos se me quedó muy grabado. Me pidió, como siempre, que soltara la mano, que ejercitara la pluma, que escribiera algo, lo que fuera, pero que no dejara morir ese talento que, según él, tengo. Después dijo "A mi me han recomendado que escriba todas las cosas que vivimos en el activismo, pero la verdad, con el paso de los años uno olvida muchas cosas. Queda un registro general de lo que pasó, pero ya casi no recuerdo detalles, se me borraron los nombres y las caras."
Chale, ¿por qué todo me duele?
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miércoles, 28 de agosto de 2013
martes, 15 de mayo de 2012
Extraños que extraño
1. Dino: Un muchacho de cabello largo, con el que hice click de inmediato y al que le dediqué innumerables noches cibernéticas, completamente inocentes, por cierto. Me dejó de hablar porque demoré mucho en tiempo en devolverle unas películas.
2. Lua: De mis primeros amigos en la Anáhuac. Siempre con esa maldita manía de estarse agarrando el cabello. Sensible, tal vez demasiado, pero un buen tipo en general. Nuestra amistad desapareció luego de aquel desagradable episodio en una banca de la facultad.
3. Emmanuel: Tuzo de nacimiento, lo conocí en el myspace. Viajó a chilangolandia por mi. Bebimos una cerveza y nos dimos un beso. Me fui a Canadá y optó por perderme la pista. Tenía un ojo de vidrio.
4. Carlitos: Ah, el adorable francés de la casa canadiense. Teníamos el mismo sentido del humor y siempre sabía dónde vendían las cosas más baratas. Le escribí una carta que le gustó mucho y nunca entendí porqué. Ahora vive en Holanda.
5. Peter: El otro habitante de la casa canadiense. Socialmente torpe, bebedor solitario. Increíblemente enternecedor. Tenía la piel muy rosada y el cabello muy negro. Recuerdo su risa y que alguna vez me llamó "dulce e inteligente".
6. Tyler: Cien por ciento canadiense. Aún tengo su teléfono anotado en uno de mis cuadernos. Alguna vez me invitó a patinar pero la cita no se concretó. Me confesó que tenía esquizofrenia y me llevaba del brazo cuando caminábamos sobre la nieve y el hielo.
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