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domingo, 30 de noviembre de 2008

Kapuscinski

Recuerdo las épocas en las que tomé la decisión de estudiar periodismo. Creía ingenuamente que terminando la carrera, con un título bajo el brazo, conseguiría trabajo en alguna agencia de noticias internacional y me mandarían de inmediato a África o el Medio Oriente, para cubrir los acontecimientos más importantes del momento. Yo quería ser corresponsal de guerra, escribir desde las trincheras, consiguiendo información de primera mano, mezclándome con soldados y políticos, dándome a entender con señas, mostrando mis credenciales en todas las fronteras, con miedo a morir después de cada bombazo que estallara en el aire. Este anhelo había nacido de forma temprana, probablemente por alguna lectura, sin embargo, después de que conocí a Kapuscinski, la idea que yo tenía sobre cómo debía ser un periodista, cambió totalmente.

Ryszard Kapuscinski nació el 4 de marzo de 1932 en Pinsk, Polonia, hoy Bielorrusia. Siendo niño, vivió la guerra de Varsovia en condiciones de refugiado, situación que lo marcó para siempre y determinó no sólo su estilo periodístico sino su espíritu.

A los 17 años, un joven Kapuscinski se inició en el periodismo, colaborando con la revista “Hoy y mañana”. Mientras tanto, cursaba la carrera de Arte e Historia en la Universidad de Varsovia, preparación fundamental que le brindaría el estilo literario que lo caracterizaría más adelante.

Recién graduado, Ryszard Kapuscinski ingresó al Partido de los Trabajadores Unidos de Polonia, del que fue miembro de 1954 a 1981. Por esta situación, se ha especulado que Kapuscinski era un espía comunista, sin embargo, en declaraciones posteriores, el periodista afirmó que la única manera de salir del país bajo el régimen comunista, era colaborando con éste, por lo que mantuvo una actitud cordial y servicial con los altos mandos del partido, de esta manera obtuvo el pase de salida que lo mantendría lejos de Varsovia por muchos años. Kapuscinski sabía que de no colaborar, jamás podría abandonar su país, aún así, no aportó ningún documento significativo al gobierno. Este acto demuestra la astucia y determinación que lo acompañarían a lo largo de su vida.

En 1964, fue contratado por la Agencia de Prensa Polaca (PAP) como el único corresponsal internacional de ésta, encargado de cubrir las noticias más importantes de 50 países. Rápidamente, Kapuscinski se vio envuelto en una labor agotadora pero apasionante, que lo llevó a Asía, África, Europa y América, territorios en los que vivió guerras, golpes de Estado, revueltas sociales, masacres y demás.

Siendo Polonia un país pobre en la época de la posguerra, la PAP le exigía a Kapuscinski el menor gasto posible, situación que obligó al periodista a redactar telegramas de 800 palabras narrando todo un golpe de Estado, a hospedarse en hoteles sucios y viejos, a viajar largas jornadas en autobús, a alimentarse precariamente. Estas condiciones, que hubieran desanimado a cualquiera, no tuvieron ese efecto con Kapuscinski, al contrario, lo forzaron a siempre buscar recursos y alternativas, a nunca perder la humildad que lo caracterizó y lo más importante, a escribir aparte todo lo que no podía mandar en los cables a Polonia.

Gracias a estos cuadernos llenos de apuntes, hoy se conocen las vivencias de este periodista que vio pasar la historia frente a sus ojos, y que a diferencia de sus colegas, no corría al bar cada vez que terminaba la jornada de trabajo, sino que corría a su habitación a escribir.

Ser corresponsal, un trabajo agotador, era mi única manera de tener dinero para viajar. Como periodista estaba sujeto a los criterios de brevedad y ahorro. No podía ofrecer un cuadro completo de la situación, en mis artículos no había sitio para las sensaciones, el trasfondo de las cosas, los paralelismos históricos ni las reflexiones. Trabajaba en los países del Tercer Mundo y redactaba informaciones muy pobres. Reducía todo a los hechos desnudos. pero así impedía que mis lectores obtuvieran un sentido de las proporciones. Fuera de su alcance quedaba un mundo inmenso. Por eso empecé a escribir libros.”

Kapuscinski no era un enviado especial, que se quedaba encerrado disfrutando de las comodidades de su hotel una vez que terminaba el trabajo. A él le interesaba el contacto con la gente, mezclarse con ella para no ser visto como un extraño y de esta manera obtener información de forma natural, no cómo un humano que observa fascinado animales en un zoológico.

“Éste no es un libro sobre África, sino sobre algunas personas de allí, sobre mis encuentros con ellas y el tiempo que pasamos juntos. Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos <África>. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe.”

Cuando estuvo en África, continente plagado de revueltas sociales, golpes de Estado, traiciones, genocidio y guerra, Kapuscinski decidió establecerse en los barrios donde vivía la gente negra. Sabía que si reporteaba unas cuantas horas y después regresaba a su hotel, los oriundos no confiarían en él. Así que rentó cuartos donde pudo, y aunque al principio lo miraban con recelo, tarde o temprano era aceptado como un negro más, siempre respetuoso de las costumbres del lugar.

Se convirtió en un observador silencioso, que no emite juicios, pues sabe que nunca podrá entender este lugar tan alejado de las costumbres occidentales. Kapuscinski pasea por las calles de Ghana, de Botswana, de Angola. En todos estos lugares encuentra niños soldados, que le amenazan con su arma a cambio de comida, le sonríe a mujeres que día tras día exponen su piel de cobre bajo un sol arrasador para vender su mercancía, que se queda, no se vende. Convive con los negros que se han aprovechado de sus puestos en el gobierno, que derrochan el dinero y la comida, que a la menor señal de alarma abandonan el país, sin considerar a toda la gente que no entiende que pasa y sólo se preocupa por subsistir. Kapuscinski recorre kilómetros interminables de lodo y teme voltear a los lados, pues sabe que se sentirá más cerca de la muerte. Sufre de la extorsión cada vez que llega a algún país africano, pues en cuanto baja del avión, sus documentos le son arrebatados y después revendidos, a cambio de no ser asesinado. Se sorprende diariamente, cuando es testigo de escenas en las que cientos de perros se aparean al mismo tiempo para el divertimento de los soldados; no puede creer como es que la gente se dedica el día entero a cuidar a sus animales y no los come, a pesar de que estén muriendo de hambre; se conmueve al observar dos cadáveres en medio del desierto, el de un caballo y un hombre, que pudo haberse salvado pero prefirió darle agua a su compañero de viaje.

Y aunque todas estas situaciones, cotidianas para los africanos, puedan parecer ilógicas, impensables e increíbles, el mismo Kapuscinski tuvo momentos de locura, que lo llevaron a la grandeza de ser considerado el mejor periodista del siglo. Por cubrir el acontecimiento en turno, este sencillo corresponsal fue encarcelado 40 veces y condenado a muerte otras tantas, pero inexplicablemente, sorteó todos los peligros, para continuar escribiendo libros apasionantes, que mezclan la crónica periodística, la prosa y la poesía de manera magistral.

“El corresponsal debe ser un hombre de gran resistencia física y psíquica, pues ¿de qué nos sirve un corresponsal si se abandona a la depresión y cae en un estado de postración que lo inmoviliza y le impide escribir una sola palabra en los momentos clave?... Tampoco debe tener miedo, el que se estremece con sólo pensar en las amebas y en las enfermedades venéreas, en que le robarán y apalearán; el que ahorra cada dólar para construirse una casa cuando vuelva a su país; el que no sabe dormir en una choza y el que desprecia a la gente sobre la cual escribe”.

Esta última frase es fundamental para comprender la importancia de Kapuscinski en el periodismo que se escribe sobre países tercermundistas. Estar, ver, oír, compartir y pensar, los cinco sentidos de un periodista, no sólo tienen que ver con el hecho de ser oportunos y eficaces, de nada sirve escribir sobre la gente como si fueran tontos, de manera cínica y burlona, viéndolos como seres inferiores. La empatía caracteriza el trabajo de Kapuscinski y es gracias a ella que obtuvo tanta información de primera mano, siempre subrayando el valor del humano al que se describe y entrevista.

“Para mí una de las características del reportero es la empatía, esa habilidad de sentirse inmediatamente como uno de la familia. Compartir dolores, los problemas, los sufrimientos, las alegrías de la gente, que de inmediato reconocen si él está realmente entre ellos o si es un pasajero que vino, miró alrededor y se fue.”

Para el galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y el Premio Letterario Elsa Morante, el periodismo es una misión de vida, que requiere una vocación y un espíritu guerrero e incansable, con el que pocos cuentan. Sin duda, no hay ejemplo mejor que el de este autor para todos aquellos que como yo, ansían convertirse en la voz y los ojos de una sociedad.

Kapuscinski murió el 23 de enero de 2007 en Varsovia, de una grave enfermedad no especificada.

LILIANA SÁNCHEZ SALAS

sábado, 2 de agosto de 2008

Emociones del ring

La primera vez que vas a las luchas es como otras "primeras veces": emocionante, el ambiente está lleno de expectación y desconcierto. Desde las taquillas, en las que me di cuenta de dos cosas: a) los revendedores se apañan todos los boletos posibles y b) no es tan popular como se cree, al menos ese día los boletos de filas 1 a 5 estaban en $300! chin, nos tuvimos que conformar con preferente, de a cien pesitos.
Una vez adentro, la gente no puede esperar a que se apaguen las luces y el "maestro de ceremonias" suba al ring a presentar el primer encuentro. Al aparecer Tigre Blanco y Sombra de Plata los gritos y chiflidos no se hacen esperar. La porra de los técnicos es iluminada para que todos podamos ver quienes son esos que no dejan de tocar el tamborsote y que se pelean con los de enfrente: la porra de los rudos. Esa a la que le llega el turno de ser alumbrada cuando aparecen Puma King y Tiger Kid. Es imposible escuchar el nombre de los luchadores con el escándalo que se arma, pero afortunadamente, la arena cuenta con dos pantallas de gran tamaño donde se ve no sólo el nombre de los luchadores (acompañado por un gracioso video de sus poses más ¿rudas? ¿sensuales?) sino algunos de los anunciantes y el logotipo del Consejo Mundial de Lucha Libre.
El encuentro, como todos los de ese día, fue a dos de tres caídas. Los técnicos resultaron ganadores después de haber perdido la segunda caída frente a los rudos. En lo que comienza la segunda lucha, hay que aprovechar para comprar la cerveza bien fría y las palomitas con chile. Los cueritos están reservados para los más valientes. Por ser novata rechacé la adquisición de un vaso de este "manjar" con limón y chile, que otros pedían con singular alegría. Preferí irme a lo seguro, las palomas. No pasó mucho tiempo para que el maestro de ceremonias subiera al cuadrilátero a anunciar el siguiente encuentro, y a mi parecer, el más emocionante: Dark Angel, Lady Apache y Luna Mágica vs Amapola, Princesa Sugehit y La Nazi. Los asistentes enloquecen con Lady Apache, veterana de gran técnica y muy querida entre la afición. Los chiflidos y gritos de "¡pinche gorda!" no se hacen esperar cuando La Nazi (masacota de 1.80) sube al ring a mentar la madre a sus detractores. Dark Angel hace gala de su agilidad y juventud al entrar volando entre las cuerdas, saludando a su porra que no deja de gritar y tocar el tamborsote. Luna Mágica da risa: chaparrita y petacona, no es tan ovacionada como sus compañeras pero después descubriría que es la de mayor aguante. Princesa Sugehit, la única con máscara (una especie de pescado) también sube a mentar madres, común denominador de las y los rudos, que entre sus filas de seguidores cuentan con el mayor aficionado a la lucha libre: El rudo de rudos, viejito de quien no recuerdo el nombre, que ha asistido a todas y cada una de las luchas que se presentan en la Arena México desde que existe este deporte en el país y que hace sonar su campana (como de lechero) cuando algún rudo hace de las suyas en el ring. Por último entra el plato fuerte de este bando, Amapola, con un título en su haber que presume ante los presentes que la reciben con chiflidos y el puño levantado. Como siempre, las mujeres no se andan con rodeos, no habían terminado de presentar a la última cuando ya se estaban cacheteando, jalando de los pelos y gritándose cosas. Luna Mágica es la primera en intentar una llave pero elige mal a su contricante, La Nazi, que fácilmente, le dobla el tamaño y le triplica el peso. Sin demasiado esfuerzo, La Nazi hace volar a Luna Mágica por los aires, y no ha terminado de caer cuando Amapola y Princesa Sugehit ya le están dando patadas por partida doble. Pero Luna Mágica no está sola, Dark Angel y Lady Apache acuden a su rescate, propinando patadas y haciendo llaves con gran maestría. La primera caída la ganan las técnicas, pero las rudas contraatacan sin mostrar piedad alguna. Si Luna Mágica había volado en la caída anterior, en esta se la pasa en el piso. Lady Apache recibe una patada voladora en el pecho y recién se había levantado cuando ¡MADRES! otra igual que la hace revolcarse en una esquina del cuadrilátero. Princesa Sugehit y La Nazi toman a Dark Angel por las manos y las piernas y la hacen retorcerse del dolor al aplicarle la cuneta. Los aficionados rudos se emocionan, gritan ¡MÁTALA! ¡ACÁBALA! mientras que los técnicos le dan ánimo a sus luchadoras: ¡LEVÁNTATE! ¡NO TE DEJES!.
El marcador está uno a uno. Ha llegado el momento de la verdad cuando aparece una edecán con un letrero en sus manos que anuncia la "tercera caída". La rechifla, tanto de emoción como de calentura por el cuerpo voluptuoso de la chica no se hace esperar.
Sin duda, la mejor caída de todas. Dark Angel arrojándose cual tigre fuera del ring con tal de derribar a Princesa Sugehit, Luna Mágica cobrando venganza por la madriza que sufrió, hace gala de su ingenio y de alguna manera logra derribar repetidas veces a La Nazi. Lady Apache y Amapola se encuentran en un duelo a muerte (o casi) y la porra no se hace esperar: TAN TAN TAN ¡LA-DY! TAN TAN TAN ¡LA-DY! mientras que los rudos alientan a Amapola: ¡Pártele su madre!
Lady Apache logra realizar una llave tras otra, mostrando a todos porqué es la consentida de la afición. Amapola se retuerce de dolor, sale disparada como chancla vieja contra el público, regresa al ring sólo para recibir más golpes. Cuando todas las técnicas han subido al ring, los árbitros las declaran vencedoras. No podría estar más feliz, así que grito "¡Esa es mi vieja!" refiriéndome a Dark Angel y su técnica de resorte. Las rudas alegan que esto y que el otro, pero todos sabemos que el fallo es legítimo. Por segunda vez, los técnicos tuvieron la victoria.
Es momento de comprar una mirinda y unas papas, para recuperar la energía perdida por tanto griterío y mentada de madre.
Se anuncia en las pantallas a Alex Koslov, y la histeria de las féminas no se hace esperar. El ruso, de muy buen ver, sube al ring y manda besos a discreción. Le sigue Valiente, luchador bajito y pesado poseedor de una máscara roja, que también recibe ovaciones y rechiflas. Por último aparece Mictlán, con mallón y máscara vistosos y un muy buen nombre. Del lado de los rudos aparece Dragón Rojo, poseedor del mejor cuerpo que haya visto en vivo y a todo color, Misterioso y Sangre Azteca. Este encuentro transcurre sin mayor emoción, mas que algunas llaves de gran dificultad y que seguramente causan mucho dolor y Alex Koslov bailando para todas nosotras. Después de empatar uno a uno, en la tercera caída los réferis declaran nuevamente que los técnicos vencieron.
La noche está cerca de su encuentro principal, pero antes, la semifinal de trios: Blue Panther, Marco Corleone y Dos Caras Jr. vs Villano, El Terrible y Texano.
Aquí sí los rudos hicieron honor a su nombre, y despojaron de su máscara a Blue Panther, que no tuvo otra opción que cubrirse la cara con su calzón blanco. Indignado, pidió el micrófono para retar máscara contra máscara al Villano, que provocó que los ánimos se encendieran cuando declaró "Acepto, como tu papa que soy". Indignada, no pude más que gritar un tímido "buuuu" para después perder la pena y gritar "¡Ese güey es puto!".
Las caídas transcurrieron entre costalazos, intentos por arrancar la máscara del Villano, Corleone recibiendo estoicamente golpes dados con las palmas abiertas y el Valiente, lanzándose fuera del ring con un mortal hacia atrás para acabar con la humanidad del Terrible. Por cuarta vez, los técnicos fueron declarados vencedores.
Ahora sí, la emoción estaba a tope y los ánimos muy prendidos cuando se escuchó "muero por besarte..." y la imagen del Místico apareció en las pantallas. El rugido de la afición fue ensordecedor, pero breve. No se compara con el griterío que recibió Dr. Wagner (WAGNER! WAGNER! o el Hijo del Perro Aguayo (Perro!, Perro!). Mister Niebla y Negro Casas completarían la tercia con el Místico para hacer frente a los Perros del Mal, en ese momento representados por los ya mencionados más Héctor Garza.
Tentada a comprar una pizza (PEPSAAA, PEPSAAA gritaba el señor) opté mejor por una "cheve", no fuera la de malas que en una de esas me ahogara con la picsa al gritar de emoción. Entendí porqué el Místico ha tenido tanta difusión en los medios de comunicación, pero a la vez tiene menos hinchas en la Arena. Poseedor de gran técnica, mostró dos que tres llaves y vuelos espectaculares, pero terminó recibiendo una tranquiza por parte del Perro y Wagner. Mister Niebla y Negro Casas no pudieron hacer mucho para defender a su compañero, pero sí mostraron sus habilidades individuales.
A pesar de que fue el plato fuerte, los luchadores de este encuentro se quedaron cortos (o tal vez yo tenía demasiadas expectativas). Lo más impresionante fue el jale que tiene Dr. Wagner, que me pareció considerablemente mayor al que tiene el Místico. Al terminar el encuentro, donde otra vez fueron ganadores los técnicos, continuó el pleito fuera del ring, por lo que la gente se quedó a mirar como Wagner y Místico peleaban y este último defendía su máscara, que ya se le estaba cayendo. Después, sin que los que estábamos en preferente pudiéramos ver con claridad, todos los luchadores desaparecieron y la gente comenzó a abandonar la arena.
Salí con ganas de comprarme todo lo que había: minicuadrilátero con su paquete de luchadores de plástico, lleno de rebabas, máscaras de todos los luchadores imaginables, playeras de Perros del Mal, bandas para la cabeza del Místico, llaveros en forma de máscara, en fin. Sin embargo, tanta comilona nos dejó sin dinero.
Pero fue una gran experiencia que sin duda repetiré, esta vez con dinero suficiente para ver más de cerquita y de paso comprarme algún recuerdito.