Como un acontecimiento sin precedentes, las cuatro mujeres que conformamos la familia Sánchez Salas decidimos ir a terapia grupal. La verdad es que durante muchísimos años nos fue difícil comunicarnos. Las palabras no fluían entre nosotros. Yo, por ejemplo, siempre terminaba con un nudo en la garganta y con la sensación de que no había dicho nada de lo que tenía planeado. Resultaba incómodo expresarnos, nos ganaba la vergüenza. Frases cariñosas estaban reservadas para ocasiones muy especiales, quizás Navidad y Año nuevo.
De un tiempo para acá, todos hemos hecho un esfuerzo por cambiar esta situación, y fue sorprendente ir descubriendo en cada plática, más y más dolores individuales. Definitivamente todas necesitábamos desahogarnos, por lo que acudimos el sábado al mediodía con una terapeuta familiar que nos pidió presentarnos y explicar por qué estábamos ahí.
En pocos minutos comenzó el lloradero, y al estar en un espacio neutral, nos aventamos a decir sin rodeos las preocupaciones, molestias y cualidades que nos afectan de manera profunda, aunque a veces digamos lo contrario.
Por lo pronto, me quedó muy claro que mi adicción lastima a las cuatro personas que más quiero, que caigo en incongruencias a cada momento y que la forma de ser de mi papá, quien por cierto se negó rotundamente a acompañarnos, me ha confundido y conflictuado desde que era una niña.
Esto se va a poner denso, pero no retiramos lo dicho. Venga, familia.
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miércoles, 28 de agosto de 2013
martes, 15 de mayo de 2012
Extraños que extraño
1. Dino: Un muchacho de cabello largo, con el que hice click de inmediato y al que le dediqué innumerables noches cibernéticas, completamente inocentes, por cierto. Me dejó de hablar porque demoré mucho en tiempo en devolverle unas películas.
2. Lua: De mis primeros amigos en la Anáhuac. Siempre con esa maldita manía de estarse agarrando el cabello. Sensible, tal vez demasiado, pero un buen tipo en general. Nuestra amistad desapareció luego de aquel desagradable episodio en una banca de la facultad.
3. Emmanuel: Tuzo de nacimiento, lo conocí en el myspace. Viajó a chilangolandia por mi. Bebimos una cerveza y nos dimos un beso. Me fui a Canadá y optó por perderme la pista. Tenía un ojo de vidrio.
4. Carlitos: Ah, el adorable francés de la casa canadiense. Teníamos el mismo sentido del humor y siempre sabía dónde vendían las cosas más baratas. Le escribí una carta que le gustó mucho y nunca entendí porqué. Ahora vive en Holanda.
5. Peter: El otro habitante de la casa canadiense. Socialmente torpe, bebedor solitario. Increíblemente enternecedor. Tenía la piel muy rosada y el cabello muy negro. Recuerdo su risa y que alguna vez me llamó "dulce e inteligente".
6. Tyler: Cien por ciento canadiense. Aún tengo su teléfono anotado en uno de mis cuadernos. Alguna vez me invitó a patinar pero la cita no se concretó. Me confesó que tenía esquizofrenia y me llevaba del brazo cuando caminábamos sobre la nieve y el hielo.
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domingo, 24 de enero de 2010
The happiest days of our lives
Nunca había disfrutado tanto de mis días como ahora.
Con todo este tiempo libre y tan pocas responsabilidades, es imposible permanecer en casa.
Las ganas de hacer algo diferente en cada oportunidad se ven opacadas por el mismo resultado de siempre, situación que no me molesta, pero me hace mirar todo con ligereza, como si nada importara. Vivir rápido y morir joven se ha convertido en una opción factible para mi.
Personas vienen y se van sin que ninguna cambie el curso de las cosas.
La misma música y el mismo deseo de verte, de saber si estás bien y de corroborar todas esas historias que he escuchado.
La misma dulce resignación de que estamos mejor así.
Notar que las ojeras ya nunca se van, que la comida sigue haciendo estragos en mi, que los pequeños detalles son los que extraño más, que estos días no se repetirán.
Me engaño a mi misma. Estás presente en maneras que ni te imaginas. La conejita sigue en la tarima, el cubo de mil formas y colores está intacto en el librero, las fotos siguen en la papelera sin que me atreva a vaciarla, la postal del bigotón que se parece a ti tiene un lugar privilegiado en mi pared. Y aún así, no me atrevo a hacer esa estúpida llamada pues me aterra que algo salga mal.
Prefiero seguir como hasta ahora, caminando entre los días cual zonámbula sonriente, sin preocupaciones trascendentales, ni dolores insoportables.
Simplemente disfrutando de los mejores días de nuestras vidas.
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